ME BAÑE, ME PERFUMÉ Y HASTA ME RASPÉ PARA ESTAR CON ÉL.
2026-03-06 - 13:16
CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Esteban Roa) Los encuentros entre hombre y mujer tienen varios sentidos. Uno de ellos es en la fiscalía, cuando el padre no pagó la pensión del hijo y se produce una separación. También existen los encuentros en los juzgados para pedir el divorcio. Pero igualmente está el encuentro amoroso, donde la mujer que está por encontrarse por primera vez con aquel seductor caballero se compra ropa íntima nueva, se prepara para estar presentable, se baña, se raspa y se perfuma para que, al momento de estar juntos, su cuerpo pueda exhalar un perfume francés y no un Paco Zorrino. Y es justamente de este tipo de encuentro del que vamos a hablar. En muchos casos, los protagonistas son divorciados o separados que intentan reencontrarse una vez más, buscando en una cama la posibilidad de recuperar lo perdido. Allí, entre movimientos de vaivén y besos desequilibrados, se intenta reparar lo que la rutina, la gordura o las heridas invisibles han causado. Pero no siempre el encuentro trae alivio; a veces, trae más dolor. Me bañé y me perfumé para estar con él. Aún con muchos años de casada seguía amándolo intensamente. Ilusionada, me puse frente a él y me despojé de mi ropa para que con la visión pudiera excitarlo. Él me miró de arriba hacia abajo y me dejó helada con su comentario: estás gorda, tienes estrías, el busto caído, esas cicatrices del embarazo se ven muy mal, tienes que ver cómo se quitan pues se ven muy feas, y a ver si te pones a hacer ejercicio. Apagó la luz y me tomó solo para saciar sus instintos. Yo ya no sentí ningún placer. Terminando él, se volvió a su lugar y comenzó a roncar inmediatamente. Mis lágrimas rodaban por mis mejillas, mojando mi almohada. Algo muy fuerte se rompió ahí, y eso me dolió mucho. Me quedé reflexionando sobre lo que me dijo y me pregunté: ¿acaso mis embarazos no cuentan? ¿El amamantarlos a mis hijos no cuenta? Mi cuerpo no volvió a ser igual, y el sobrepeso me persigue porque ni siquiera tengo tiempo para mí. Cada vez que intento cuidarme, él me pide mil cosas para impedirlo. Es paradójico lo que dice y lo que hace al mismo tiempo. Pero no más. Si mi cuerpo le resulta grotesco y no le da ganas de estar conmigo, le daré gusto: nunca volverá a tocarme. La noche siguiente me acosté a su lado dándole la espalda. Comenzó a acariciarme y le dije que tenía sueño, que no siguiera. Molesto, se volteó y se quedó dormido. Así pasaron varias noches más hasta que ya no pudo y me preguntó qué me pasaba. Le respondí que si yo estaba tan gorda y llena de cicatrices para él, entonces no quería hacerlo. Muy enojado me dijo que tenía ganas y no lo dejaría así. Quité mi pijama y le dije: tienes cinco minutos. Comenzó a acariciarme y a tomarme, pero yo sin responder. “Muévete”, me decía. “Tú eres el que quiere, no yo”, contesté. Terminó por voltearse muy enojado, diciendo que así no quería, pues parecía que lo hacía con un témpano de hielo. Pasaron semanas, meses, años, y yo seguí en la misma postura. Él se insinuaba, se mostraba desnudo delante de mí para ver si reaccionaba, pero yo seguí igual. Cuánto daño pueden hacer unas palabras y cuánto se puede perder con ellas. Yo dejé de amarlo de verdad, y para mí él era lo máximo: inteligente, guapísimo, el hombre que había elegido para toda la vida. Me propuse bajar de peso y lo logré. Las cicatrices de mis cesáreas fueron imposibles de borrar, así como mis estrías. Pero recuperé mi autoestima y me dije que mis hijos estaban ahí, que mi cuerpo había resistido batallas y no tenía por qué avergonzarme. Sobre todo, jamás permitiría que alguien más me dijera esas palabras. Quizás sigo un poco llenita, pero a mi edad es difícil bajar mucho más. Cuando lo dejé, me prometí que si alguien me volvía a decir que estoy gorda cuando estoy con él, de inmediato saldría de mi vida. No saben el daño psicológico que representan esas palabras. No solo hieren la piel, hieren el alma.