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LA VERDADERA DISCAPACIDAD ESTÁ EN LA INDIFERENCIA

2026-02-24 - 14:06

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Carlos Roa) Muchas personas, así como yo, nacimos gracias a Dios con salud y con todas nuestras extremidades. Sin embargo, con el tiempo, por lo que comemos o por diversas circunstancias de la vida, algunos llegamos a perder un miembro: una pierna, un brazo, una mano. Otros lo pierden por la inconsciencia de quienes, en las fiestas de fin de año, entregan a sus hijos bombas y petardos para “alegrar” la ocasión, sin pensar que un instante puede dejar lisiada a una criatura. También hay quienes pierden extremidades a causa de enfermedades como la diabetes, considerada un “cáncer silencioso” pero mortal, que va deteriorando el cuerpo desde dentro. Un día amanecés en el quirófano y al salir dejaste una pierna o un brazo en el basurero del hospital. Después, mucha gente nos mira mal, con desprecio, como si la discapacidad fuera contagiosa. No se dan cuenta de que es producto de una tragedia, no de una lepra. En hospitales, bancos, supermercados y tantos otros lugares, todavía faltan rampas y accesos adecuados. No hay prioridad para que las personas con discapacidad puedan realizar sus gestiones rápidamente y volver al descanso físico y mental que tanto necesitan. Esa falta de empatía genera una carga psicológica constante. Pero la discapacidad no debería definirse por la falta de un miembro, sino por la indiferencia de la sociedad. A veces creemos que ayudar es cargar a alguien, cuando en realidad ayudar es caminar juntos. Cada persona tiene una historia, una lucha y una fuerza distinta: uno avanza en silla de ruedas, otro con bastón, otro con prótesis... pero todos avanzan con el mismo corazón: no rendirse. La verdadera discapacidad está en la indiferencia. Cuando hay respeto, amistad y apoyo, ningún camino es imposible. La inclusión no es caridad, es reconocer que todos valemos lo mismo, aunque caminemos de manera diferente. En muchos países, las autoridades del Estado brindan ayuda a las personas con discapacidad sin burocracia excesiva. En Paraguay, en cambio, muchas veces hay que dar vueltas y vueltas, y hasta pasar por partidos políticos para que te vean. Esa realidad debe cambiar: la inclusión no puede depender de favores ni de colores partidarios, sino de la dignidad humana.

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