ENTRE LA SORPRESA Y LA SOSPECHA
2026-03-04 - 12:57
CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Esteban Ross) En este relato contaremos la psicosis mental del hombre, como también de algunas mujeres. No todos, ni todas, pero de que las hay, las hay. El caso que veremos refleja cómo, al llegar a casa y presenciar una escena inesperada, lo primero que pasa por la mente del marido es la sospecha de infidelidad. No observa la realidad antes de discutir. Por eso tantas veces se repite aquel dicho, válido tanto para hombres como para mujeres: “pensar demasiado es el arte de crear problemas que no existen.” Y es ahí donde comienzan los conflictos. Regresé antes de lo previsto. Tres días de trabajo en Guadalajara debían terminar hasta la noche siguiente, pero la reunión se canceló y cambié el vuelo sin avisar. Pensé en llamarla, pensé en escribirle... pero sonreí: “Mejor la sorprendo.” Llegué al departamento casi a la una de la madrugada. Todo estaba en silencio. Una luz tenue escapaba por la rendija del dormitorio. Abrí la puerta despacio, imaginando su cara al sentir mis brazos rodeándola por detrás. Pero me detuve. Lucía dormía de lado, con el camisón rosa pálido que siempre usaba... pero estaba al revés. Las costuras hacia afuera, la etiqueta en la nuca. Y en las sábanas, manchas húmedas, recientes. Mi mente fabricó escenas oscuras: un hombre, una visita inesperada, una despedida apresurada. El silencio no era paz, era sospecha. Me acerqué, con el corazón golpeando fuerte. Dudé de ella. Dudé incluso del bebé que llevaba en su vientre. Toqué la sábana: aún húmeda. El olor extraño en la habitación me heló la sangre. Pensé lo peor. Pero al encender la lámpara, la verdad me golpeó con más fuerza que cualquier traición. Lucía estaba pálida, con la voz débil. Había sangrado. Había intentado cambiar las sábanas y ponerse de nuevo el camisón, sin fuerzas, sin ayuda. No me llamó para no preocuparme. Mientras yo imaginaba engaños, ella enfrentaba sola el miedo de perder a nuestro hijo. La culpa me atravesó. La abracé con cuidado, temiendo lastimarla. Y entendí que la mente puede ser el peor enemigo cuando el miedo toma el control. Esa madrugada aprendí que un vestido al revés no siempre es señal de traición. A veces es señal de que alguien luchó en silencio, esperando apoyo.